JAIME ANDREU ALONSO.-  En los últimos años, hemos sido testigos de una transformación radical en el sistema educativo. La tecnología ha irrumpido en las aulas, sustituyendo libros por ordenadores y iPads, cuadernos por notas inteligentes. Sin embargo, esta transición no ha sido tan fluida como esperábamos. Nos hemos lanzado a la construcción de un sistema educativo tecnológico sin estar completamente preparados, y ahora estamos tratando de frenar el desastre que hemos generado.

La incorporación de la tecnología en la educación prometía revolucionar el aprendizaje, haciéndolo más interactivo y accesible. Sin embargo, la realidad ha sido más compleja. Muchos colegios adoptaron dispositivos electrónicos sin una planificación adecuada, lo que ha llevado a problemas logísticos y pedagógicos. La falta de formación de los docentes y la infraestructura insuficiente han exacerbado estos problemas.

He vivido el cambio de la tiza a la pizarra digital, como docente. No cabe duda de que los avances tecnológicos nos han permitido hacer muchas cosas nuevas y desarrollar sistemas mucho más atractivos. Trabajar con un iPad me ha brindado muchísimas oportunidades, pero no pienso lo mismo cuando el enfoque lo ponemos en el pupitre. Me atrevo a afirmar que los jóvenes no están preparados para tener el «permiso de armas digital” en la cartera. La tecnología en manos de los estudiantes puede ser una herramienta poderosa, pero también puede ser peligrosa si no se utiliza adecuadamente.

El uso excesivo de dispositivos electrónicos en las aulas ha tenido un impacto significativo en el desarrollo de los jóvenes. La caligrafía, la expresión escrita y la presentación de trabajos han sido relegadas a un segundo plano. La escritura a mano, que es crucial para el desarrollo cognitivo y motor, está siendo reemplazada por la escritura digital. Esto no solo afecta la calidad de la escritura, sino también la capacidad de los estudiantes para concentrarse y retener información. Además, la cantidad de tiempo que los estudiantes pierden y la ampliación de su capacidad de dispersión son preocupantes. La tecnología puede ser una fuente constante de distracción, afectando negativamente su capacidad para concentrarse en las tareas académicas. 

El uso de correctores automáticos y herramientas de inteligencia artificial plantea la pregunta: ¿realmente son necesarias? Estas herramientas pueden ser útiles, pero también pueden fomentar la dependencia y reducir la capacidad de los estudiantes para pensar críticamente y resolver problemas por sí mismos. La cultura del esfuerzo, que es fundamental para el aprendizaje y el desarrollo personal, está en riesgo de ser socavada por la facilidad y la inmediatez que ofrecen estas tecnologías.

La cultura del esfuerzo es esencial en la educación. Aprender a borrar y corregir errores, a escribir a mano y a presentar trabajos de manera ordenada son habilidades que fomentan la disciplina, la paciencia y la atención al detalle. Estas habilidades no solo son importantes en la escuela, sino también en la vida cotidiana y en el ámbito profesional.

Otro aspecto a considerar es el alto coste de la tecnología y los libros digitales. Aunque los libros digitales pueden ser más económicos a largo plazo, la inversión inicial en dispositivos electrónicos y el mantenimiento de estos puede ser considerable. Además, la dependencia de la tecnología puede llevar a una pérdida de habilidades fundamentales que se desarrollan a través del sistema educativo tradicional.

En medio de este debate, surge la pregunta: ¿y si volvemos a los métodos educativos clásicos? La educación clásica, con su enfoque en la lectura, la escritura y el aprendizaje estructurado, ha demostrado ser efectiva a lo largo de los años. Aunque la tecnología tiene su lugar, es importante encontrar un equilibrio y no perder de vista los métodos que han funcionado durante generaciones.

El debate sobre el uso de ordenadores en los colegios es complejo y multifacético. Si bien la tecnología ofrece muchas ventajas, es crucial que no perdamos de vista la importancia de las habilidades tradicionales y la cultura del esfuerzo. Encontrar un equilibrio entre lo nuevo y lo clásico será clave para el desarrollo integral de nuestros jóvenes.

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