ERNESTO LÓPEZ-BARAJAS.- Hace poco pude asistir al funeral del padre de un amigo. Dejó viuda, 6 hijos, 22 nietos, 9 bisnietos y un sinfín de amigos. Cada uno recuerda de él su amabilidad, su sonrisa, su acogida. Para él cada uno era único. Sabía ser padre. Querer como un padre. Un poeta dice del amor: «Para vivir no quiero islas, palacios, torres. ¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres»: tú y yo! Ese es el amor de un padre, en eso consiste la paternidad, en saber querer no por lo que haces, no por lo que tienes o das, sino por lo que eres. Además, te quiere como si fueras el único, aunque tengas muchos hermanos.
Se acerca el 19 de marzo, el Día del Padre. Un día para reflexionar sobre la paternidad. Pienso en el ejemplo anterior, en mi padre, y en los que son como ellos. Les felicito por su fiesta y les doy las gracias por su generosidad y valentía pues traer vida al mundo no es solo una alegría inmensa, sino también un desafío que exige una entrega total. Además, no existe un manual de instrucciones, no hay fórmulas infalibles. Solo están el amor y la certeza de que, pese a los errores inevitables, dan lo mejor de cada uno.
Ser padre es un viaje maravilloso, pero también un viaje que transforma. Es un aprendizaje para el que nadie prepara, un descubrimiento de uno mismo y de la ternura de la que uno es capaz. Porque no se trata solo de criar a los hijos, sino de entregarse a ellos sin reservarse nada.
El amor paterno es un amor que deja volar. No es posesión, sino guía. Porque un día, todo padre tendrá que dar un paso atrás y confiar en que lo sembrado dará su fruto. Y ver a sus hijos tomar decisiones, equivocarse, levantarse… aprender. El verdadero amor consiste en estar ahí, siempre presente, aunque ya no se tome su mano para cruzar la calle. ¡Qué grande y necesaria es la paternidad! Me parece muy poco solo un día para celebrarla y agradecerla, deberíamos hacerlo a diario.
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