MANUEL RODRÍGUEZ (RODRI).-  “Es que mi padre es muy de camisas. No sé si es muy de 17 millones. Yo con 17 millones nunca le he visto. Y con camisas de cuadros sí”. La divertida dicotomía tiene otras versiones: “Para mi padre mejor unos calcetines. A ver si la voy a liar con los 17 millones”. Son conversaciones de los últimos anuncios de la ONCE, de su sorteo extra del día del Padre.

Llevan la firma de Mono Madrid que trabaja por primera vez para una institución que desde hace décadas siempre ha sorprendido con sus anuncios. Estos últimos, de entrada arrancan una sonrisa. Empatizan. Muestran situaciones habituales de mediados de marzo pensando en los regalos para papá. Sorprenden esos contrapuntos absurdos, o tal vez no tanto. Desde hace un tiempo los padres están diluidos, invisibles, casi desaparecidos. Tan silenciosos, tan callados como el carpintero de Nazareth en cuya fiesta se les celebra. En esa fecha festiva son destinatarios de corbatas (de uso menguante), calcetines, colonias, camisas… Muchos de esos padres valen una millonada, de cariño, de entrega, de pelea por su familia…

Con el anuncio vino a la memoria uno de esos padres, un curtido paisano que a los 44 años se quedó viudo, con tres hijos pequeños. No había pasado un lustro cuando un accidente truncó la vida del mayor. Y ese padre de aldea, de largos días de jornalero y de sonrisa franca, siguió adelante.

Los narradores de las carreras de ciclismo intentaban epatar en su día con emotivos relatos sobre los ciclistas como jornaleros de la gloria, aunque solo fuera durante una jornada. Nuestro paisano pedaleaba, día tras día, en el trabajo sobre el terruño, en el cuidado del ganado o en las tareas compartidas con los vecinos. Jornada a jornada, para la gloria de su gente, para sacarla adelante.

 Y le llegaron las nietas, la paternidad duplicada. Entre sus manos callosas se escurría su pensión para ayudar en la casa familiar, para una necesidad, para un electrodoméstico, para un pequeño capricho. Nunca le regalaron corbatas, ni calcetines, el día de san José. Ni el millonario cupón. Entonces aún no había ese sorteo. Y si lo hubiera, al verlo con sus camisas de cuadros igual también pensaban: “A ver si la voy a liar con los 17 millones”.