JAIME ANDREU ALONSO.- Vivimos en una era donde la cultura de la imagen domina nuestras vidas. Las redes sociales, la publicidad y los medios de comunicación nos bombardean constantemente con ideales de belleza y éxito que muchas veces son inalcanzables. Nos impiden disfrutar de lo que somos: “personas normales con defectos”. ¡No somos perfectos! Esta obsesión por la apariencia externa, y la lucha por mostrar al mundo que todo nos va de maravilla, puede llevarnos a olvidar que belleza y riqueza residen en el interior de cada persona.
La necesidad de aparentar y vivir de cara a la galería puede generar una presión constante por cumplir con estándares superficiales, que generalmente son inalcanzables e insaciables. Esta presión no solo afecta a nuestra autoestima, sino que también distorsiona nuestras relaciones y nuestra percepción de nosotros mismos. En palabras del viejo Sócrates: «La cosa más difícil es conocernos a nosotros mismos; la más fácil es hablar mal de los demás». Esta reflexión antigua nos invita a mirar hacia adentro y a valorar nuestras cualidades internas, aunque sean defectuosas. Es un viaje a los océanos del corazón, a descubrirnos y a descubrir el gran tesoro que tenemos cada persona dentro de nosotros.
La verdadera belleza no se encuentra en la apariencia física, sino en la bondad, la compasión y la autenticidad. El Papa Francisco ha hablado en numerosas ocasiones sobre la importancia de la ternura y la compasión. En una de sus reflexiones, mencionó: «En sociedades a menudo contaminadas por la cultura de la indiferencia y la cultura del descarte, como creyentes estamos llamados a ir contracorriente con la cultura de la ternura». Este llamado nos recuerda que debemos cuidar y valorar a los demás por lo que son, no por cómo se ven, o por el tener…
Esta peligrosa cultura de la imagen tiene efectos negativos en nuestra salud mental. Es fundamental reconocer estos impactos y trabajar en fortalecer nuestra autoestima y autoconcepto desde el interior. Los jóvenes, especialmente los adolescentes, están en una etapa crucial de formación de su identidad. La presión por cumplir con estándares de belleza irreales puede llevar a una disminución de la autoestima y a una percepción distorsionada de sí mismos. La búsqueda constante de aprobación a través de «me gusta» y comentarios en redes sociales se ha convertido en una fuente de validación externa, afectando al bienestar emocional y al desarrollo de la persona. Me atrevo a llamarle veneno. Es corrosivo, pero produce placer.
Cada uno de nosotros tiene un valor intrínseco que va más allá de las apariencias. El verdadero “me gusta” tiene que estar en nuestras experiencias, en nuestras relaciones y en nuestra capacidad de amar y ser amados. Tenemos que hacernos más camisetas con nuestro nombre, y darle muchas veces al botón del like. La cultura de la imagen es una trampa que nos aleja de lo que realmente importa. Si nos centramos en la belleza interior y en los valores humanos, podremos construir una sociedad más compasiva y auténtica. Y podremos descubrir el valor del silencio, de la paz interior y de estar a solas con uno mismo. Recordemos siempre que la verdadera belleza y riqueza están en el corazón de cada persona.
Y tú… ¿te muestras como eres? ¿abrazas tus defectos? Descubrir que estos pueden ser tus mejores aliados… ha sido una de las grandes lecciones que me ha dado la vida.
«Las arrugas son un símbolo de experiencia , de vida, de madurez, de haber hecho un viaje. No las retoques para tener un rostro joven. Lo que importa es toda la persona, el corazón, y el corazón permanece con esa juventud del buen vino que cuanto más viejo se hace, mejor es» (Papa Francisco).
Foto de Austrian National Library en Unsplash