JUAN DOMENECH.- ¡Ay, vejez! Hacia ti nos llevan todos los trenes de nuestra vida. Lo malo no es ser viejo, lo malo es no saber envejecer.  Sé de uno que se jubila y se pregunta qué va a hacer metido en casa. Pascal escribió que todas las desgracias de los hombres derivan de una sola cosa: no saber estar tranquilos en una habitación.

Puede que a ti te falte mucho y prefieras no pensarlo, pero un día te levantarás de la cama y verás que ya es de noche. Yo me pregunto qué haré cuando llegue. Y no lo sé, casi no me atrevo a decir nada, ni a escribirlo. Cicerón aconseja «esperar como un puerto esa soledad temida y pensar que el mejor refugio de la vejez es la quietud».  En fin, me adentraré en esa nueva primavera con el deseo de recoger la cosecha en el verano, cuando el sol llegue a su punto más alto. Como el jaramago, aspiro a ser hierba y flor entre los escombros.

Pero tiemblo y me espanto al pensar que llega, que cada vez está más cerca, el último latido, aún sabiendo que voy a la casa de mi Padre y que he de considerar ese momento como un regalo. Por eso, para animarme y quitarme miedos, me he dicho a mi mismo: recuerda el salmo. Ese que dice: en la vejez seguir dando fruto, seguir la vida siendo joven  para vivir con ilusión y decir que Dios es bueno, que en Él no existe maldad, que es la roca cimiento de mi vida.

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